Este texto fue escrito originalmente para y publicado en el blog de la Folger Shakespeare Library, The Collation, el 2 de abril de 2025. Es una reflexión sobre mi tiempo como Artista Becaria de larga duración. Puedes leer el original y ver fotos de mis anotaciones personales sobre un escaneo de una edición de 1962 del diario de Cristóbal Colón en el sitio original.
Llegué a la Folger Shakespeare Library desde un pequeño pueblo de la República Dominicana con la esperanza de rescatar fragmentos de verdad indígena de los primeros textos coloniales como parte de mi beca de investigación artística a largo plazo. Uno de los libros que sabía que tendría que leer era el diario de Cristóbal Colón escrito en su primer viaje. Nosotros, al fin y al cabo, lo hicimos mundialmente famoso y luego fuimos desaparecidos en el proceso (tanto mediante actos reales de genocidio como a través de un posterior genocidio en papel). La asimilación y el olvido forzado son herramientas insidiosas de la colonización. Mata a la gente que sabe y enséñale mentiras a la juventud, y en unas generaciones las mentiras no solo vivirán: matarán.
Hace unos años, amistades, compañeres y miembros de la comunidad se reunieron en la Zona Colonial de Santo Domingo para protestar frente a una estatua de Colón el 12 de octubre, día conocido en mi rincón del mundo como el “Día de la Raza”. Contramanifestantes ultranacionalistas agredieron físicamente a mis amistades mientras la policía observaba sin hacer nada. A une de elles le golpearon la cabeza con un ladrillo que había sido ocultado dentro de una cartera. Estos agresores afirmaban que la protesta pacífica constituía un ataque contra nuestro patrimonio y nuestra historia. Esto está directamente relacionado con el hecho de que hoy muchas personas no saben que Colón nunca puso un pie en lo que hoy se conoce como Estados Unidos (murió todavía afirmando que había encontrado una ruta hacia Asia). El mundo celebra a un hombre perdido, mientras las personas que realmente lo encontraron y le ayudaron a navegar las aguas desconocidas son borradas de la historia. Aunque esto está cambiando y las estatuas de colonizadores están siendo derribadas en todo el mundo, el cambio es lento y, mientras tanto, todavía hay quienes lanzan ladrillos a las personas equivocadas.
Me tomó aproximadamente los mismos 225 días leer el diario de Colón que a él completar su primer viaje. Leerlo me enfermó físicamente. No fueron sólo las palabras racistas, los secuestros casuales de personas indígenas ni el conocimiento de lo que vendría después. No fue hasta dos meses después de comenzar mi beca que finalmente pude poner en palabras lo que estaba sintiendo, lo que frecuentemente siento al leer relatos históricos.
El 1 de septiembre de 2024, la policía disparó y mató a Justin Robinson mientras dormía en la fila de un autoservicio de un McDonald’s. Había sido una de las primeras personas en darme la bienvenida a Washington, D. C. Fue entonces cuando hizo clic por millonésima vez a lo largo de mi larga trayectoria como portadora de historia. La inquietud que sentía, luchando con textos que había viajado más de 2,500 km para leer, no se debía a mi propia incapacidad. Era porque el pasado no se siente muerto; se siente como un acontecimiento diario, vuelto a vivir. Me resultaba imposible no experimentar el asesinato de Justin como la reverberación de un acorde pulsado hace 500 años. Es una canción disonante, discordante y fea que resuena a través de los siglos y parece estar atrapada en repetición. La violencia racializada contra personas negras e indígenas construyó las Américas, y no hay muerte sancionada por el Estado, ni catástrofe climática, ni niñe hambriente o asesinade en toda esta región que no pueda rastrearse hasta el cambio cultural y material que ocurrió en mi isla en 1492.
Colón fue encontrado por personas lo suficientemente acostumbradas a viajar entre islas como para poder darle direcciones e información sobre la duración de esos trayectos. Encontró a personas que disfrutaban de la libertad de movimiento, obstaculizada solo por confrontaciones ocasionales con habitantes de otras islas. A los 46 días del primer contacto, el 27 de noviembre, Colón escribió: «Vuestras Altezas no deben consentir que ningún extranjero comercie aquí ni ponga pie en la tierra si no son cristianos católicos…». Es decir, la caucacidad (audacia caucásica) de llegar a un lugar como visitante y luego decidir quién puede estar allí después de ti y con qué derechos estaba tan viva en 1492 como lo está en 2025. Cuando esta creencia se incrusta en nuestros planes de estudio y en la cultura, ¿cómo no trazar una línea directa desde las creencias racistas de Colón sobre las personas no blancas, sus sueños de restricciones migratorias, hasta la muerte de una niña de 11 años en Texas, acosada con tanta brutalidad por el estatus migratorio de su familia que fue empujada a quitarse la vida?
Muchos pueblos indígenas y sus descendientes, que alguna vez estuvieron acostumbrados a moverse libremente por las Américas, ahora se enfrentan a una máquina de deportación despiadada. Esto está siempre presente en la República Dominicana, donde las deportaciones masivas y la limpieza étnica del pueblo haitiano no se consideran una violación de derechos humanos, sino que se justifican como un acto nacionalista. Es una tragedia agravada por el hecho de que haitianos y dominicanos fueron divididos por una frontera colonial —una que, al igual que las fronteras trazadas por los belgas en Ruanda, fue impuesta con consecuencias violentas.
Estas mentiras no solo matan a la gente. También envenenan la tierra. Los mismos mitos de superioridad que se usaron para justificar la esclavización y el genocidio de personas indígenas y negras siguen alimentando la explotación de nuestros parientes naturales (la flora y fauna y demás seres de la creación).
La búsqueda de oro que Colón puso en marcha en 1492 —arraigada en la creencia de que todo y todos pueden ser poseídos, conquistados y extraídos para obtener ganancias— nunca se detuvo. Ahora se manifiesta en las industrias extractivistas, como la empresa minera Barrick Gold en mi país ancestral. Barrick Gold está envenenando nuestras aguas, matando a nuestros animales y brutalizando a las personas que se atreven a protestar. Desde las manifestaciones en Cotuí hasta los incendios forestales que arrasaron California, estas son las consecuencias de la trágica pérdida del conocimiento ambiental indígena y de las prácticas de cuidado de la tierra. En el diario de Colón, puedes leer todo sobre cómo el lucro por encima de la vida se convirtió en los fundamentos de la maquinaria americana—si lo lees con suficiente atención.
Les niñes mueren, la tierra arde, y la gente del Norte Global se retuerce las manos y llora: «¿Cómo llegamos hasta aquí?». Estoy cansada de que mi gente y mi tierra mueran mientras el mundo finge no saber cómo llegamos aquí. Quiero gritar PUEDEN PREGUNTARLE A SU PANA COLÓN y obligarles a leer Colón y otros caníbales del académico powhatan-renapé y lenape Jack D. Forbes, seguido de Una trenza de hierba sagrada de la científica y escritora potawatomi Robin Wall Kimmerer. El mundo necesita más que reconocimientos territoriales vacíos; necesitamos que nuestras historias sean reivindicadas, seguidas de cambios reales en la práctica cultural dominante.
Por eso es importante que estudiantes de la Mayoría Global tengan oportunidades para estudiar y compartir nuestro conocimiento. Antes de llegar a la Folger, pensaba que Colón era malvado, mentiroso y un esclavizador genocida. Ahora lo sé —y en sus propias palabras. Llevaré las historias que estudié y viví y la historia de Justin Robinson de regreso a mi pueblo, donde espero repetir la verdad tan alto que ahogue las mentiras. Quizás contemos las historias verdaderas con tanta frecuencia que, en el futuro, mi gente se reúna bajo la sombra de esa estatua con un solo corazón y una verdad que nos hará libres: Colón no es un hombre que debe ser celebrado; nosotros sí. Quizás en 500 años más sea el nombre de Colón el que hayamos olvidado, mientras los nombres de Caonabo y Anacaona resuenen en cada hogar y cada aula del mundo, no como notas al pie sino como los nombres que siempre debimos conocer. Quizás la gente camine solemnemente por las calles de la Zona Colonial con la reverencia y el duelo correctos, en lugar de tomarse selfies y fotos de boda donde nuestros ancestros fueron masacrados y esclavizados. Quizás algún día no queden más estatuas que celebren a subyugadores y hombres perdidos. Hasta entonces, que todas las personas guardianas del conocimiento sigan cantando sus cantos de resistencia y de memoria, hasta que todes seamos libres.
